sábado, 2 de marzo de 2013

La hazaña aeronáutica del piloto boliviano Juan Mendoza

La mañana del 21 de noviembre de 1921, un espectáculo nunca antes visto se dio en la zona de Papelpampa, al sureste de la ciudad de Oruro, donde una multitud de personas emocionadas atestiguó el aterrizaje del avión Cobija Fiat R-2, comandado por el primer piloto boliviano Juan Mendoza y su copiloto Ángel Mardesich.

El ruidoso biplano partió a las 6:45 desde una improvisada pista y desplegó sus alas en el cielo soleado y azul del pueblo en Poopó. Quince minutos después descendió en la planicie de Papelpampa.

Fue una jornada histórica e inolvidable. Los corazones de los espectadores orureños saltaban de alegría y apenas Mendoza descendió del aparato, lo levantaron en hombros. Ese momento quedó registrado en los libros históricos de la aviación boliviana.

La hija del aviador, Sofía Mendoza, recuerda las palabras con las que el piloto describió aquel instante: “nunca he visto un homenaje más hermoso en un lugar de aterrizaje. Eran alfombras de flores y hombres. Iba de hombro en hombro. La gente se peleaba por tenerme en sus hombros. Era su gran héroe”.

Antes de aquella proeza aeronáutica boliviana, pilotos extrajeron ensayaron algunos planeos en el país, pero siempre en distancias más cortas. Luis Pace, de nacionalidad chilena, elevó un aeroplano en 1914, también en Papelpampa, y el estadounidense Donald Hudson surcó en 1920 los cielos bolivianos entre El Alto y Viacha en un triplano Curtis, con el objetivo de organizar la Escuela Militar de Aviación en esa región.

Obsesión por la aviación

El director del Archivo Histórico de la Fuerza Área Boliviana (FAB), Ramiro Molina, escribió un texto sobre la vida de Juan Mendoza, en el que resalta su inquietud por la aviación. Según cuenta Molina, en 1914 Mendoza vio volar el monoplano Bathiat de propiedad de Pace. Apenas tenía 22 años, pero ya se propuso seguir ese camino.

“No mermó su obsesión por la actividad aérea; por el contrario, se empecinó en llegar a ser aviador y constituirse en el primero en surcar los impolutos cielos de Bolivia”, escribió Molina.

Antes del fin de la segunda década del siglo pasado, Mendoza inició su carrera aeronáutica recurriendo al Comité Pro Aviación de Oruro para que le ayuden a pagar sus estudios. Sus gestiones permitieron que el Tesoro Departamental de Oruro desembolsara 1.800 pesos bolivianos y el comité, 1.500.

Así juntó 3.300 pesos bolivianos, suficientes para iniciar su sueño, y partió hacia Argentina para obtener su credencial. Viajó en febrero de 1916 a Buenos Aires y un mes después ingresó a la Escuela de Aviación Civil de Villa Lugano, dirigida por el famoso aviador Paul Castaibert, quien también era constructor de aeroplanos.

El curso duró casi cuatro meses. Al respecto, Molina resalta su “admirable serenidad, reflejo, equilibrio y otras cualidades” que ayudaron a Mendoza a pasar las pruebas sin ningún problema.

En todo el proceso realizó más de 90 vuelos y el 9 de julio de 1916 se graduó con el “brevet” de aviador N° 103.

Días después la prensa argentina publicó el hecho. “En el aeródromo civil de Villa Lugano rindió examen de piloto aviador Juan Mendoza, un discípulo del activo maestro Paul Castaibert”, relataron los periodistas.

Mendoza regresó a Oruro en agosto del mismo año, mientras en la estación del ferrocarril jóvenes y miembros del Comité Pro Aviación le esperaban para expresarle su afecto. El objetivo había sido cumplido en poco tiempo y sólo le faltaba conquistar los cielos bolivianos.

Formación

Juan tenía planeado formar una escuela de aviación en Bolivia para transmitir sus conocimientos a los jóvenes. Inició las gestiones para el establecimiento aeronáutico y en ocho días la Cámara de Diputados del país trató en grande el proyecto de ley.

Pero entonces algunas cosas empezaron a salir mal y ni siquiera fue tomado en cuenta para la creación de la Escuela Militar de Aviación, que fue instaurada por decreto supremo en junio de 1920 en El Alto.

Frustrado, decidió emprender el inicio de la aviación civil en el país con la ayuda de su socio, el intendente orureño Alfredo Etienne. Juntos adquirieron en Argentina un biplano Fiat R-2 de 180 caballos de fuerza y de industria italiana, a un costo de 16.000 pesos argentinos (no hay datos de la equivalencia en moneda local).

Luego contrataron al mecánico Ángel Mardesich y bautizaron al aeroplano con el nombre de Cobija, en homenaje al cautivo puerto boliviano.

Después de realizar algunas pruebas, embarcaron el aparato por tren rumbo a Bolivia, pero el ferrocarril se descompuso y se quedó en Uyuni, donde el Cobija emprendió su primer vuelo alcanzando una altura de 500 metros.

Alentado por ese logro, Mendoza “se propuso realizar el raid Uyuni-Oruro-La Paz. Apoyando ese noble propósito, la Escuela Militar de Aviación comisionó al teniente coronel Meredia Villarreal para dirigir la construcción del campo en Papelpampa”, relata Molina.

Sin embargo, la idea se vio frustrada por fallas mecánicas del avión y la falta de combustible. Entonces, el Fiat R-2 fue trasladado hasta la población de Poopó. El plan de vuelo Uyuni-Oruro-La Paz aún estaba en pie y se iba a realizar desde una improvisada pista en Poopó hasta la localidad de Papelpampa, en Oruro.

Todo salió a la perfección y el resto de la historia ya se contó. La primera piloto boliviana, Amalia Villa de la Tapia, escribió en su libro Alas de Bolivia que cuando Mendoza descendió del avión, una persona de edad avanzada se le acercó amigablemente.

“Al aterrizar exitosamente, un campesino se le arrodilló con la intención de besarle la mano, reconociendo su capacidad de conducir un aparato por los aires”, cuenta Villa de la Tapia sobre el célebre aviador orureño.

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